Depresión: Traer oscuridad a la luz

En los últimos años algo ha cambiado. Actualmente cada vez me encuentro más con personas que, a pesar de no tener problemas graves, sus médicos o psiquiatras les han recetado medicamentos. Incluso les han dicho que quizás los tienen que tomar durante muchos años o toda su vida, esto me parece algo chocante. Ser humano no es sinónimo de enfermedad. La vida nos pone muchas pruebas, y a veces estas nos generan mucho dolor. Pero caracterizar sistemáticamente el dolor emocional como una patología es una reacción disfuncional ante la experiencia del ser humano. 

Muchas veces estas pruebas que nos generan tanto dolor tienen que ver con una gran desesperación por crecer interiormente, darle un sentido a tu vida y averiguar qué se supone que debes hacer con ella, para encontrar tu lugar en el univereso y tu identidad como hombre o mujer. 

Crecer es complicado, convertirnos en quienes somos es difícil y la empresa de la transformación personal es a veces la tarea más ardua de nuestra vida. Pero no es algo que podamos evitar. Esto se puede traducir a una crisis espiritual profunda, pero no todas las crisis espirtuales deben considerarse un "trastorno". A veces la tristeza es simplemente una emoción humana. 

La pena y la tristeza son parte del proceso transformador y no deben etiquetarse inmediatamente como algo negativo. Las emociones difíciles son a veces adecuadas, pueden ser lo que necesitamos precisamente en ese momento para curarnos, crecer y dejar de sufrir tras haber aprendido lecciones importantes. Esto no significa que esté minimizando el sufrimiento emocional o dudando de sus efectos debilitadores. 

Pero hay distintas formas de interpretar el origen de una depresión, su significado y la mejor forma de afrontarla. Desde un punto de vista espiritual la depresión es el resultado inevitable de vernos como una entidad separada del resto del universo. Es una crisis del alma. 

Sí, es doloroso enfrentarnos al paisaje de nuestra vida, recordar la niñez y ver lo distinta que fue de como tendría que haber sido, sufrir la traición de amigos y seres queridos, comportarnos en ciertas ocasiones como no tendríamos que habernos comportado, sobrevivir a la pérdida de un trabajo significativo y de unas relaciones encantadoras, soportar el abandono de parejas y cónyugues, llorar la muerte de un ser querido y otras situaciones similares. 

Pero esta clase de dolor no se transforma rehuyéndolo o evadiéndonos de él, sino inhalándolo hasta la última bocanada, dejando que la mente se entregue al proceso milagroso mediante el cual la autorrealización y la iluminación emergen de la cueva del sufrimiento. 

¿Alguna vez te mostraron una razón real para esperar ser feliz sin la ayuda de medicamentos? Es probable que no, que te hayan enseñado a ser víctima de tu propia dolencia. Y esta clase de actitud es muy común en la sociedad actual. Considerar una gran tristeza como una enfermedad y, por lo tanto, como algo que evitar es una manera insidiosa de intentar eludir lo que necesitamos encarar. Cuando estamos tristez debemos intentar descubrir la razón de la tristeza en lugar de centrarnos exclusivamente en la emoción en sí misma. 

Reducir la mayor parte de las depresiones a una bioquímica cerebral o a una dinámica psicológica es arrebatarle su significado más profundo y, por consiguiente, el potencial redentor de su propiedad curativa. En el viaje que nos aleja del sufrimiento se da una alquimia transformadora, descrita a veces de forma más podersosa en términos espirituales que en términos psicoterapéuticos o biológicos. La epidemia de las depresiones de los tiempos actuales debería verse como lo que es en realidad: un grito colectivo para que nuestro corazón se cure.